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La verdad, como decía mi suegra, solo tiene un camino; y la verdad es que los europeos ya vamos teniendo unos años de mala sombra que vaya, vaya. Si Europa fuese un circo, nos crecerían los enanos.


Christopher Pitaluga,

CEO de Abacus

www.abacus.gi

Por un lado tenemos Reino Unido que, por ahora, parece estar dispuesto a mandar a los demás europeos al infierno, lo que me recuerda un titular del periódico londinense ‘The Times’ de los años treinta que decía: “Niebla en el Canal de la Mancha – Europa aislada”. Y si con el Brexit y la crisis del Euro no tuviéramos bastante, lo que sí es mala suerte es todo este lío de los impuestos internacionales.

Dejando a un lado el follón de la Norma Común de Informes o ‘Common Reporting Standard’ (CRS), por hoy enfoquémonos en principios fundamentales. Volveremos a los años treinta que, por cierto, a pesar de unas barbaridades que tuvieron lugar en esos tiempos, parece, desde el punto de vista del asesor fiscal, haber sido una década ilustrada y culta. Así pronunciaba entonces el noble Lord Tomlin en el caso IRC v. Duke of Westminster (1936):

“Cada hombre tiene derecho, si puede, de ordenar sus asuntos con el fin de que, bajo las leyes apropiadas, los impuestos que debe pagar sean menos de lo que de otra manera hubiesen sido.
Si tiene éxito ordenándolos a fin de asegurar este resultado, entonces, aunque a Hacienda no le guste, no puede ser obligado a pagar más impuestos.”

Dos años antes, el noble Juez Hand dijo algo muy parecido en el caso Helvering v. Gregory (1934). Un hombre puede ordenar (legalmente, por supuesto) sus asuntos con el fin de pagar lo mínimo en impuestos y, aún más: “No hay ni siquiera un deber patriótico de hacer lo contrario”.

“Se puede pretender que estos son pensamientos y principios de otra época o que es una tradición singular de la jurisprudencia inglesa pero aunque así fuese, la verdad es que en la esfera de la asesoría fiscal anglosajona, este ha sido el principio bajo el cual llevamos décadas asesorando, planificando y cumpliendo con normas totalmente legales que consiguen el objetivo de reducir impuestos.

Por eso, y bajo el riesgo de que me acusen de ser un dinosaurio, hoy reclamo alto: el pago mínimo de impuestos es algo no solo legal y sin pecado sino que, además, consta de las tres características necesarias para ser un sueño perfecto: es algo bueno, bonito y, por lo general, barato.

Para que quede claro, me refiero a lo que en inglés llamamos “tax avoidance”, lo cual es muy distinto a “tax evasion” o evasión fiscal.

En este sentido, destacaría el reciente caso de la compañía Apple. Por si no lo conocen, la Comisión Europea, un cuerpo que no es ni estatal, ni soberano, ni con autoridad judicial, anunciaba el 30 Agosto de 2016 que Apple Inc., (1) establecida legalmente en Irlanda (2) con un montón de empleados allí y (3) teniendo un acuerdo por escrito con el Gobierno Irlandés (que sí es un cuerpo estatal y soberano) debe pagar un cierto nivel de impuestos; bueno, según la Comisión, Apple le tiene que pagar a este Gobierno unos 13 billones de euros en impuestos atrasados.

Tras este infortunio, Apple, lógicamente, se enfada. Los irlandeses aparentan también enfadarse porque tienen que aceptar un cheque de una cantidad equivalente al 6.25% de su PIB entero. Podríamos pensar en más de un país europeo – ¿verdad? – que, si hubiese estado en el lugar de los irlandeses, estaría bailando, festejando y brindando a la salud de la Comisión con un buen vino de reserva a lo largo de todo el camino hasta las puertas del banco.

Pero los irlandeses, si verdaderamente son honestos en su enfado, llevan toda la razón del mundo, al igual que Apple. La idea de que una empresa, al igual que los señores de los casos de los años treinta, no tenga derecho a ordenar sus asuntos de forma que pueda reducir la cantidad de impuestos, que de otra manera hubiese tenido que pagar, a mí me parece no solo ridículo sino mucho, mucho, peor: me huele a atraco.

¿Cuantos gobiernos y países siguen teniendo fuertes problemas económicos desde la crisis hasta hoy? En Europa, la crisis se magnifica aún más con varios problemas.

Primero: las llamas enormes de la moneda única que, lejos de haberse extinguido, siguen ardiendo, solo que ahora lo hacen en cuartos y lugares ocultos. Es como si el bombero se hubiese vestido de domingo para que todo el mundo lo vea tranquilo y relajado pero, en realidad, pasara día y noche (incluyendo los domingos) echándole al fuego lo que sea, porque ya no le queda agua.

Segundo: aunque lo oculten o ignoren los gobiernos, se sabe que la crisis migratoria de gente de países africanos y Oriente Próximo que sufre Europa en estos años va costar una cantidad de pasta de película.

Tercero y tal vez lo más importante a destacar en este contexto: la competición, cada vez más desesperada, entre países del oeste para aumentar sus ingresos particulares.

Es una política muy fácil, casi de tontos. Si eres un político, darle palos a los que intentan (repito: legalmente y con transparencia) utilizar las leyes para reducir sus impuestos, leyes que esos políticos mismos han aprobado, no tiene desventaja alguna. A casi nadie le importa que a los ricos les den palos; al contrario.

Es que ya, hoy en día, los políticos, los comentaristas y la prensa, tanto de izquierdas como de derechas, usan las palabras “privacy” u “offshore” como si ordenar tus asuntos de forma secreta implicara automáticamente que fueras un estafador. Llegará un día en que todo el mundo tendremos que publicar nuestras declaraciones fiscales en nuestra página de Facebook o enviarle un WhatsApp a Hacienda cada vez que acordemos una transacción.

“Llegará un día en que todo el mundo tendremos que publicar nuestras declaraciones fiscales en nuestra página de Facebook o enviarle un WhatsApp a Hacienda cada vez que acordemos una transacción.”

“El pago mínimo de impuestos es algo no solo legal y sin pecado sino que, además, consta de las tres características necesarias para ser un sueño perfecto: es algo bueno, bonito y, por lo general, barato.”

Igualmente, usan las palabras “multinational corporation” como si estuvieran hablando de un demonio o una maldad terrible, en vez de estar haciéndolo de un pilar de la economía, proveedor de empleos y de ingresos para accionistas, empleados y –sin indicio de ironía– gobiernos.

Lo serio del caso Apple es, que aunque la decisión de la Comisión esté de acuerdo con las normas internas de la UE, quiere decir, como ya bien ha dicho Apple, que en Europa en el siglo XXI contratar con un gobierno ya no conlleva seguridad, ni certitud.

Para los asesores fiscales y para los que, como nosotros en Abacus Gibraltar, implementamos sus planes, no es que no haya clientes dispuestos a usar nuestros servicios.

Tampoco nos asusta que haya que hacerlo con transparencia y sin intención de ocultar el resultado, siempre respetando el derecho a la privacidad, pues las empresas como la nuestra siempre lo hemos hecho así.

No, lo interesante es que, aunque vivimos en una era en que muchos no se detienen a pensar con tranquilidad, mientras haya leyes y reglamentos para la tributación de impuestos siempre existirá la oportunidad de usarlos como el esqueleto de un plan alternativo. Es igual que “negro” implica -por lógica- la existencia de “blanco”.

Un tax attorney me dijo un día: “todo es mentira”. No se refería, con una buena dosis de cinismo, a los planes ni estructuras sino a la mala fama que intentan dar los gobiernos a todos que les lleven la contraria al asesorar o implementar estructuras para sus ciudadanos.

Es importante, porque la verdad solo tiene un camino. Pretender que todos los que realizamos estas labores seamos, a priori, criminales es una mentira como, bueno, un circo de grande. Ya sabemos todos que el verdadero problema es el del dinero sucio y negro que tiene, por ejemplo, la sangre de millones de africanos en sus manos que pasa por países como Suiza; y no un problema de estructuras, ni copia de cuentas de teléfono o de pasaportes.

Ya pueden los Gobiernos patalear, conspirar y apalear: la reducción de impuestos -hecha legalmente, con transparencia y honestidad– siempre existirá.

Voy más lejos. Los centros financieros offshore, de la isla más pequeña en el Caribe hasta los grandes europeos como Luxemburgo y Países Bajos, pasando antes por Gibraltar y las Islas del Canal, son un conducto importante y necesario para el transcurso de capital internacional y la regulación de los intercambios comerciales de los países, sus empresas y sus ciudadanos.

Y aún más lejos. Tenemos todos los que lo hacemos legalmente, con honestidad y transparencia el derecho de hacerlo con privacidad.
Bueno, bonito y, en general, barato. A mí, por lo menos, no me da vergüenza constatar que así sea. Y a Apple le diría: “Vente por acá, que aquí en Gibraltar te lo hacemos mejor, más barato y, desde luego, con más seguridad y certitud que en toda Europa”.

Source: Mercados Magazine
September 2016 Edition

Abacus Gibraltar